El segundo mandato de Obama para América Latina

Infolatam
Washington, 20 de enero de 2013
Por Peter Hakim

Según el New York Times, un grupo de asesores del más alto rango de Obama, preocupado por los inevitables riesgos y peligros que enfrenta un presidente en su segundo mandato, le recomendó al presidente “apegarse con rigor a los temas que articularon su campaña electoral”.

Si sigue este consejo, América Latina claramente no tendrá cabida en la agenda de Obama en los próximos cuatro años. Después de prácticamente ignorar a la región en su primer mandato, nunca la mencionó durante la campaña para la reelección. Por cierto, ya ha desechado el asesoramiento de su equipo al asumir el reto de control de armas, pero era casi imposible para el presidente no responder con fuerza a la masacre de 20 niños de seis y siete años de edad en una escuela de Connecticut. América Latina también recibiría atención si un terremoto devasta Haití, o una crisis política sacudiese a Honduras o Paraguay, o una economía colapsase en algún u otro lugar.

La Agenda de política exterior de EE.UU.

Y no ayuda a América Latina que la agenda de política exterior de EE.UU. esté llena. La mayor parte de las políticas del gobierno se desarrollará desde el principio con pocos cambios de dirección o énfasis. Incluso una mirada a las prioridades globales de Estados Unidos sugiere que es poco probable que América Latina figure de forma visible en el radar de Washington.

Después de diez años de una guerra impopular e inconclusa, los EE.UU. van a retirar casi todas sus tropas de Afganistán entre este año y el próximo. Al mismo tiempo, se hará todo lo posible para reforzar la capacidad del Gobierno afgano para resistir a los talibanes, y para ayudar al vecino Pakistán a manejar las amenazas a su estabilidad.
Washington mantendrá sus incesantes esfuerzos para evitar que las armas atómicas lleguen a las manos de Irán.
El Oriente Medio en general seguirá siendo un tema central de preocupación por las muchas incertidumbres sobre la evolución en Siria, Egipto, Libia, y muchos otros estados de la región.
Sólo Israel y Palestina serían suficientes para llenar la agenda internacional de Estados Unidos. Las conversaciones de paz han fracasado e Israel se ha vuelto más intransigente en muchos frentes y está cada vez más aislado.
Mientras que los EE.UU. se encuentran todavía en el proceso de definir cuál es su papel hacia todo lo que Asia conlleva, la preocupación dominante es, sin duda China, con su inexorable expansión económica, política y militar.
Rusia, por su parte, se ha vuelto cada vez más hostil a EE.UU.. Aunque ya no tiene el peso que tuvo alguna vez, Rusia mantiene una considerable influencia internacional debido a su lugar en la ONU, sus enormes reservas de energía y su arsenal nuclear masivo.
Una última fuente de inquietud es la inestable situación de la economía mundial y su impacto en los EE.UU.. De particular preocupación y vulnerabilidad son los 28 miembros de la Unión Europea, cuyo comercio con los EE.UU. supera en el total al de Canadá. Parece probable que Washington iniciará negociaciones de libre comercio con la Unión Europea en los próximos meses. Si tienen éxito, se unirán dos economías que hoy son la fuente de cerca de la mitad de la producción mundial (ésta será seguramente una de las más importantes iniciativas en política exterior de Estados Unidos del segundo mandato de Obama).

En esta lista de prioridades de Estados Unidos, América Latina ni aparece, salvo por su participación en la economía mundial e incluso ahí juega sólo un papel menor. En conjunto, las economías de la región producen sólo alrededor de un ocho por ciento de los bienes y servicios del mundo, y su participación en el comercio mundial es de aproximadamente un seis por ciento.

México

Todavía hay, al menos, un país de América Latina que debe de tener su propio lugar en la agenda. Ya en 2001, el presidente Bush identificó a México como la relación más importante de Estados Unidos en el mundo, y se ha convertido en mucho más importante desde entonces. México es el tercer mayor socio comercial de Estados Unidos, por detrás de China, pero muchos analistas creen que México está en camino de superar el número uno de Canadá dentro de una década o menos. El comercio entre Estados Unidos y México superó los US $ 500 mil millones en 2012, y representa las dos terceras partes del comercio de los EE.UU. con toda América Latina. La demografía también es importante para esta relación. Un 10 por ciento de los residentes de Estados Unidos y seis de cada diez latinos tienen orígenes mexicanos. En los últimos doce años, casi la mitad de todos los inmigrantes en Estados Unidos provienen de México.

Los resultados de las elecciones presidenciales de México y EE.UU. del año pasado han creado oportunidades para resolver antiguas fuentes de tensión bilateral y podrían permitir a ambos países aprovechar mejor su integración demográfica y económica. El impacto decisivo del voto latino en las elecciones de EE.UU. ha aumentado drásticamente las perspectivas para la reforma migratoria, con republicanos y demócratas presentando ahora argumentos para arreglar un sistema de inmigración quebrado.

Además de hacer las leyes de inmigración más humanas, un nuevo enfoque normativo sería una gran ayuda para la atribulada economía de los EE.UU.. Los inmigrantes cubren puestos de trabajo cruciales, impulsan el crecimiento económico y la productividad, y ayudan a mantener el sistema de la Seguridad Social. Al hacer frente a críticas demandas laborales y al darle a los emigrantes cumplidores con la ley la oportunidad de empleo legal y formación adicional, una reforma migratoria sensata multiplicaría estas contribuciones económicas. Y ningún cambio de política podría hacer más para aliviar la fricción y promover la buena voluntad en las relaciones México-EE.UU.

La economía de México ha mostrado un vigor notable en los últimos tres años, creciendo a un promedio del 4,5 por ciento – y el futuro puede ser incluso más brillante. El nuevo presidente Enrique Peña Nieto, que inició su periodo el 1 de diciembre, ha comprometido su gobierno a un amplio programa de reformas económicas, incluida la apertura del vital pero lánguido sector energético de México a la participación privada. A pesar de que se enfrentará a una formidable oposición, la reforma energética ahora dispone del apoyo de todo el espectro político en el Congreso mexicano. Los planes incluyen la liberación de la petrolera nacional de México, PEMEX, de las sofocantes restricciones constitucionales y reglamentarias y permitir la explotación a gran escala de los cuartos mayores yacimientos mundiales de gas de esquisto. Si el gobierno mexicano logra abrir su sector de hidrocarburos, sería un cambio de juego para México y los Estados Unidos. México ganaría acceso al capital y la tecnología que el país requiere para seguir siendo un importante exportador de petróleo y el escenario estaría listo para un verdadero mercado energético de América del Norte.

Los EE.UU. y México, junto con Canadá, participan en las negociaciones del Trans-Pacific Partnership (TPP), que da a los socios del TLCAN la mejor oportunidad que han tenido en algún momento para reforzar su régimen comercial existente. Si se alcanza un acuerdo, las tres naciones se unirían en una sociedad libre comercio con ocho (y posiblemente muchas más) de las economías más dinámicas de Asia y América del Sur. Las negociaciones del TPP también tienen por objeto el establecimiento de normas de origen comunes para todos los participantes, de lo que el TLCAN actualmente carece. Si las negociaciones del TPP tienen éxito, daría lugar a una renovación sustancial del TLCAN, transformando el tratado tripartito en un régimen de comercio e inversión más ágil y simplificado, con un alcance mucho mayor al que tiene hoy.

La política de drogas también merece mención. Los referendos del día de las elecciones para legalizar la marihuana en Colorado y Washington ofrecen una nueva oportunidad para los Estados Unidos y México para iniciar una discusión bilateral significativa y continua sobre las alternativas de políticas contra las drogas y la búsqueda conjunta de nuevos enfoques, incluyendo un análisis detallado de algunas medidas de legalización.

El éxito no será fácil en ninguno de estos temas; han pasado décadas desde que se hizo siquiera un modesto avance en alguno de ellos. Pero el cambiante clima político en ambos países ha pavimentado el camino para el cambio. Si aprovechan esta apertura, los presidentes de Estados Unidos y México tendrán cuatro años completos para trabajar juntos y hacerlo realidad. Sería una lástima que pierdan esta oportunidad.

Brasil

Brasil es otro país que merece una atención más que casual de EE.UU.. Es difícil comprender por qué EE.UU. no ha perseguido más agresivamente una relación política y económica más fuerte con un país que es probable que tenga la cuarta o quinta economía más grande del mundo en un futuro no muy lejano. A pesar de su brillo se ha desvanecido un poco en los últimos años, Brasil sigue teniendo un poder considerable. Su economía dobla el tamaño de la de México, y pronto será un productor de energía de clase mundial. El liderazgo de Brasil en América del Sur es indiscutible, y mantiene un perfil global prominente.

El comercio de EE.UU. con Brasil ha crecido rápidamente en los últimos doce años, aumentando en un promedio de un nueve por ciento un año antes de la crisis económica mundial, sin embargo, todavía representa sólo alrededor del dos por ciento del comercio exterior de EE.UU., en comparación con alrededor del 15 por ciento para México. Las posibilidades de expansión son enormes.

Las relaciones entre EE.UU. y Brasil, sin embargo, son a menudo tibias y discordantes, y parece probable que se mantengan así ya que ninguno de estos países ha hecho mucho en los últimos años para avanzar en el desarrollo de una relación más profunda y más cooperativa. Hay una serie de iniciativas que el gobierno de Obama podría perseguir, especialmente para reforzar los lazos económicos entre ambos países, lo cual es una prioridad declarada de los dos países.

Debido a las diferencias políticas e ideológicas, un pacto comercial todavía parece fuera de lugar, pero los EE.UU. podrían proponer uno o más potentes intercambios de tecnología, tal vez siguiendo la línea del acuerdo nuclear entre EE.UU. e India, o una investigación energética y programa de desrrollo más amplios. El gobierno de Obama también podría considerar el apoyo a la aspiración brasileña de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (como lo ha hecho con la India). Sin embargo no es probable que nada de esto tenga lugar. Los dos países continúan desconfiando el uno del otro y están abiertamente en desacuerdo sobre demasiados asuntos. Todavía no parecen que fueran a sentirse cómodos como socios, no importando cuán alta podría ser la recompensa.

El comercio con América Latina

No está claro si la administración Obama intentará perseguir activamente la ampliación de oportunidades comerciales con el resto de América Latina. Sin duda, es tiempo para que EE.UU. revise de forma sistemática los 11 tratados de libre comercio (TLC) que ya ha negociado en América Latina (con México, los cinco países de Centroamérica, Panamá, República Dominicana, Colombia, Perú y Chile) y para que luche por que sean más productivos. Todos ellos, además de Panamá y Colombia, han estado en vigor por cinco años o más.

En ausencia de cualquier posibilidad real de un acuerdo hemisférico de libre comercio, una idea que vale la pena considerar para los EE.UU. es explorar la creación de una zona de libre comercio, con sus 11 países socios de Latinoamérica y Canadá. Los EE.UU., sin embargo, tendrán que proceder con cautela para evitar la apariencia de formar un bloque económico liderado por ellos. Debe quedar claro desde el principio que Brasil y otros países latinoamericanos son bienvenidos a unirse, o al menos a participar como asociados u observadores. Sería un error avanzar de una manera que produzca una división económica a largo plazo en el hemisferio.

Seguridad Pública

Dentro de los confines de América Latina, la seguridad pública seguirá siendo una prioridad central para Washington. De hecho, la ayuda exterior de EE.UU. en la región (aparte de Haití), está destinada principalmente a la asistencia en seguridad, aunque en cantidades muy por debajo de lo presupuestado para los esfuerzos en la lucha contra la guerrilla y contra las drogas del Plan Colombia. La asistencia es claramente necesaria para muchas naciones que ahora son azotadas por niveles sin precedentes de violencia criminal que amenazan la estabilidad democrática y el imperio de la ley.

Necesitan ayuda para capacitar a personal de seguridad, mejorar las investigaciones y los procesos judiciales, y desarrollar la información necesaria y los servicios de inteligencia. Sin embargo, sigue habiendo dudas sobre la eficacia de la ayuda de EE.UU., y si puede ser contraproducente en algunos lugares. Es desalentador ver la continua dependencia en la erradicación de cultivos y la interdicción de drogas, lo que la mayoría de los expertos consideran que es en gran medida ineficaz, y la continua mala calidad de la información con respecto a la delincuencia y las drogas.

El gobierno de Obama se ha mostrado dispuesto a mantener discusiones sobre las diferentes políticas, pero aún no ha perseguido seriamente nuevas opciones. Junto con el estudio de políticas antidrogas alternativas de la Organización de los Estados Americanos, sería de gran ayuda para los EE.UU. abrir una conversación seria con los líderes de América Latina sobre estrategias alternativas contra las drogas y la delincuencia. Con cambios de actitud tanto en los EE.UU. como en América Latina, la legalización de las drogas y las regulaciones podrían ser ahora parte de las conversaciones.

Venezuela

Es difícil excluir a Venezuela de la agenda de EE.UU. en América Latina, teniendo en cuenta la agresiva campaña antiestadounidense de ese país durante los últimos doce años, y la inmensa incertidumbre sobre el futuro de la República Bolivariana si el presidente Chávez muere o queda incapacitado y cómo afectará esto a los asuntos regionales. Pero los EE.UU. no pueden verse involucrados centralmente y esto puede ser una buena cosa.

Si bien la marca especial de Chávez en la política -o el chavismo- bien podría sobrevivir a su muerte o incapacidad, sin duda será menos virulenta, y es aún más probable que la ya disminuida influencia regional de Venezuela se desvanezca. Los vecinos de Venezuela pueden estar en mejores condiciones que los EE.UU. para ayudar a guiar una difícil transición política tras 14 años de gobierno autocrático de Chávez en el país.

Cuba

Cuba es otro país que no se puede dejar fuera de la agenda. Se ha especulado que, después de ganar casi la mitad del voto cubano en Florida a pesar de la flexibilización de los viajes y otras restricciones a Cuba, Obama podría considerar una reorientación más drástica de la política de EE.UU. hacia la isla. Ese sería el enfoque correcto, abriría el camino para una estrategia más eficaz y derribaría un obstáculo importante para las relaciones regionales. Después de todo, la política de EE.UU. hacia Cuba es rechazada por todas las demás naciones del hemisferio y ha logrado poco respecto a la apertura política o económica del país. Pero, por desgracia, con los principales puestos del Congreso para política exterior ocupados principalmente por los defensores de la línea dura anti-Castro, y de las políticas pro-embargo, lo más probable es que la administración de Obama simplemente ignore a Cuba en su segundo término, a menos que en la isla ocurran cambios importantes.

Y más

Hay muchos otros temas y países que pudieran aparecer en la agenda de EE.UU. para América Latina, incluyendo, por ejemplo, el expansivo papel de China en la región, el coqueteo continuo de Irán con varios países, la perspectiva de crisis económica y política en la Argentina, las implicaciones del éxito o el fracaso de las conversaciones de paz en Colombia, y la disminución de la credibilidad y la autoridad de una aproblemada Organización de los Estados Americanos, donde los EE.UU. han estado prácticamente ausentes sin aviso (AWOL). Pero no es probable que ninguno de estos alcance un nivel que requiera una acción o intervención significativa del gobierno.

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