Lula Pena: “Para que te guste el fado, tienes que haber tenido una herida”

[Notícia do La Tercera] Hubo un tiempo en que Lula Pena pensaba que el fado era aburrido. La tradicional música popular portuguesa parecía muy estructurada y ortodoxa, y a la adolescente de Lisboa le gustaba The Beatles, Simon & Garfunkel y Bob Dylan. Esas fueron las primeras melodías que tocó en la guitarra familiar, y las primeras canciones que cantó en polifonía con su hermano. Aunque el canto venía de antes. “Soy autodidacta en la guitarra, pero el canto comenzó cuando nací: lloraba bastante y creo que los pulmones se desarrollaron más”, dice. “El fado me parecía muy pesado. Sólo me gustaba Amália Rodrigues, porque cuando cantaba, sonaba de verdad”.

Su impresión cambió cuando tenía 20 años. “Estaba tocando en un bar y alguien me pidió un fado. Canté lo que sonaba mejor, pero lo hice bromeando. De repente sentí calambres en las manos y en la cara. Estaba sonriendo, pero porque estaba tiesa. Fue como una epifanía”, recuerda. Fue el inicio de un interés musical que la acercó a la música portuguesa y la llevó más allá. Ahora llega a Stgo. a Mil para participar de dos conciertos de Tocatas Mil. Hoy se presenta en el GAM, a las 22 horas, y el 14 de enero, en el Teatro Municipal de San Joaquín, con entrada liberada, previo retiro de invitación.

Con su voz grave y rasposa, Lula Pena se instala sola en el escenario con su guitarra. Para ella, los conciertos son instancias de comunicación franca con la audiencia. “La Lula canta y la Pena toca”, explica. “Es una experiencia personal, que es compartida con el público”. Caetano Veloso la ha descrito como una de sus nuevas artistas favoritas por “su voz profunda y guitarra amplificada que canta como una poeta”. Y eso es lo que le gusta: cantar, mucho más que grabar. Por eso, sus discos son escasos: Phados, su aplaudido debut de 1998, y ahora Troubadour (2010), que presenta en Santiago. “Me gusta más la expresión espontánea. Yo no puedo escuchar mis discos. No me interesa, siento que hay una anacronía, una distancia. Me interesa lo más crudo, por eso toco sola, que es más visible, pero también más humano. No quiero ser la imagen de una artista”.

Phados planteaba una revisión al fado tradicional, incluso desde la reescritura de su título. En Troubadour, las transgresiones siguen, con letras en castellano, inglés y francés, y nuevas versiones de canciones antiguas. En sus temas también aparecen textos de Alejandra Pizarnik, Chico Buarque, Antonio Gamoneada y Atahualpa Yupanqui. “Para mí, el fado es un destino. Canté fado porque crecí en Portugal, así como cantaría Flamenco si fuera de España”, dice. Para ella, es un asunto de sentimientos y experiencias. “Para que te guste el fado, hay que haber vivido algo. Tienes que haber tenido una herida, para que el fado te sirva de antídoto”.

Es así como la discusión de si su música entra en el género la tiene sin cuidado: “Es mi intento de expresar otra dimensión de la existencia. Es como magia. A veces ni yo sé lo que siento. Sí creo que mi música es fado, pero también contiene otras cosas que me han afectado”.

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