Las “fronteras calientes” de América Latina

Infolatam
Madrid, 20 noviembre 2012
Por Luis Esteban G. Manrique

(Especial para Infolatam).- El despliegue militar brasileño el pasado agosto de más de 9.000 tropas equipadas con helicópteros de combate, navíos de guerra, patrulleros, aviones caza, vehículos blindados y aviones no tripulados (drones) a lo largo de sus fronteras con Paraguay, Argentina, Bolivia y Uruguay, en la operación denominada ‘Ágata 5’, tuvo como objetivo declarado reprimir la “criminalidad” -y especialmente el tráfico de drogas- y “reforzar la presencia del Estado” en las cuencas del Plata y el Paraná.

América Latina se precia de ser una de las regiones del mundo que menos conflictos bélicos ha tenido en su historia por litigios fronterizos. La última guerra de cierta envergadura entre países latinoamericanos fue la del Chaco, entre Bolivia y Paraguay, en los años treinta del siglo pasado. Desde entonces, los diferendos territoriales en la región han tendido a resolverse apelando a instancias arbitrales como la Corte Internacional de La Haya, como ocurre actualmente entre Chile y el Perú.

Sin embargo, en los últimos años varias fronteras en la región han comenzado a generar crecientes tensiones internacionales por el aumento de la presencia de un actor especialmente peligroso: el crimen organizado. Entre las principales “fronteras ardientes” por la convergencia del narcotráfico, el contrabando y las guerrillas están la “triple frontera”, que comparten Argentina, Paraguay y Brasil; la de Brasil con Venezuela, la de Guatemala con México; la de Colombia con Ecuador y, sobre todo, la de Colombia con Venezuela.

En las zonas más remotas, como en las fronteras brasileñas del norte, etnias indígenas como las de los yanomami son víctimas de las incursiones de mineros ilegales y taladores de maderas valiosas para los que los aborígenes resultan testigos incómodos de sus actividades.

En en la frontera colombo-venezolana en los últimos 10 años se han registrado alrededor de 30.000 homicidios, una cifra propia de una zona de guerra. El contrabando de combustibles entre ambos países supera el millón de galones anuales mientras que organizaciones criminales colombianas y mexicanas se disputan encarnizadamente el control de las rutas del narcotráfico, especialmente en la región de la Guajira y Zulia, zona obligada de tránsito de las drogas que se dirigen a EE UU y Europa vía Centroamérica y el África occidental.

La consolidación de organizaciones criminales como ‘Los Zetas’, ‘los Rastrojos’, ‘los Urabeños’ o el cartel de Sinaloa a ambos lados de la frontera ha ido paralela al ascenso de elites políticas y policiales locales asociadas con las mafias y el dominio territorial de amplias zonas de las FARC y el ELN. Ciudades fronterizas como Cúcuta, Valledupar, Maracaibo y San Cristóbal tiene una tasa de homicidios por encima de los 35 por cada 100.000 habitantes. La media mundial es de ocho.

El Petén, zona de guerra

El anterior presidente de Guatemala, Álvaro Colom, declaró la ley marcial y el estado de sitio en las provincias de Vera Paz y el Petén, limítrofes con México, ordenando el despliegue del ejército para combatir la infiltración del que probablemente es el mayor ejército privado del mundo: ‘Los Zetas’.

Esa banda de mercenarios y ex comandos del ejército mexicano comenzó siendo una especie de guardia pretoriana del cartel del Golfo a principios de la década pasada, para después independizarse y extender sus redes en Guatemala, Honduras y El Salvador con el fin de huir de la ofensiva contra el narcotráfico del presidente mexicano Felipe Calderón.

La DEA, la agencia antidroga de EE UU, estima que Los Zetas controlan el 70% de Vera Paz y el Petén. La porosa frontera entre México y Guatemala transcurre a lo largo de 700 kilómetros de zonas boscosas. En 1999 el jefe del cartel de Sinaloa, Joaquín Chapo Guzmán, fue capturado en Guatemala. Dos años después se fugó de una cárcel de alta seguridad en México.

‘Los Zetas’ suelen moverse en las poblaciones rurales de la zona en Hummers blindados para reclutar a jóvenes campesinos. Los militares guatemaltecos han capturado en Vera Paz y el Petén cientos de vehículos, muchos de ellos robados en México, aviones y miles de armas, incluyendo lanzagranadas, ametralladoras pesadas, bazukas y equipos electrónicos para la intercepción de comunicaciones. En diciembre de 2010 varias emisoras de radio de la zona emitieron un mensaje de ‘Los Zetas’ que amenazaba con lanzar una guerra que se iba a librar en “centros comerciales, colegios, comisarías de policía…”

Recientemente, el gobierno anunció que un destacamento de 171 ‘marines’ norteamericanos se unirán a las fuerzas de seguridad guatemaltecas para emprender una operación conjunta contra el narcotráfico en la costa del Pacífico, desde donde parten los embarques de drogas rumbo a México y EE UU. La escalada parece no tener fin.

La triple frontera

En Brasil las cuatro primeras operaciones Ágata se concentraron en otras regiones fronterizas, especialmente la de Colombia. En esta última operación, el pasado agosto, se incautaron 2,3 toneladas de drogas, además de 300 embarcaciones ilegales y diversas armas.

Según el ministro de Defensa brasileño, Celso Amorim, la mayor amenaza contra Brasil es un escenario en el que potencias extra regionales se intenten apoderar de sus recursos naturales, por lo que el país debe tener una “capacidad disuasoria creíble”.

A los analistas no les pasó desapercibido el hecho de que la mayor concentración de tropas de la operación Ágata 5 ocurriera en la frontera con Paraguay. Algunos comentaristas de la prensa de Asunción interpretaron el despliegue como una “demostración de fuerza y un mensaje” al gobierno de Federico Franco, suspendido hasta 2013 de Mercosur por la irregular destitución de su antecesor, Fernando Lugo.

La triple frontera concentra una intensa actividad delictiva, blanqueo de capitales, contrabando y tráfico de drogas, armas y personas. La paraguaya Ciudad del Este, de 300.000 habitantes; la brasileña Foz de Iguaçú, de 260.000; y la argentina Puerto Iguazú, de 40.000, mantienen un comercio que supera los 5.000 millones de dólares anuales, gran parte de los cuales circulan en dinero negro.

Ciudad del Este, repleta de carteles en español, portugués, árabe, chino y coreano, es el centro comercial del país. Incluso con escasos controles aduaneros, la ciudad genera 30 millones de dólares de ingresos mensuales al fisco paraguayo, una cifra considerable si se tiene en cuenta que el PIB del país en 2011 fue de 21.000 millones de dólares.

La muy laxa legislación tributaria aprobada en los años sesenta y setenta para la zona por las autoridades de los tres países atrajo oleadas de inmigrantes levantinos y orientales, principalmente sirios, libaneses chiíes y taiwaneses. La comunidad chií libanesa en la zona ronda las 20.000 personas, un 3% del total.

La principal actividad de la ciudad es re-exportar a Brasil las mercancías –ropa, electrónica, perfumes y otros productos suntuarios- que los comerciantes paraguayos importan de EE UU, Europa y China y que luego venden a los sacoleiros brasileños, responsables del masivo “contrabando hormiga” que lleva esos productos de la frontera a las grandes ciudades de la costa atlántica.

El volumen del contrabando ha bajado debido a nuevos acuerdos aduaneros entre Brasil y Paraguay, pero en épocas tan recientes como 2004, ocho de cada 10 computadoras que se vendían en Brasil eran compradas en Ciudad del Este por la mitad o menos del precio que tenían en Sao Paulo. Interpol estima que entre 5.000 y 12.000 millones de dólares se lavan cada año en los bancos y las casas de cambio de Ciudad del Este. Foz do Iguaçú tiene una de las mayores tasas de homicidios del país: tres veces la media nacional, que ya está entre las 40 más altas del mundo.

La policía argentina rastreó hasta Ciudad del Este pistas que vinculaban a la comunidad chíí de la ciudad con los atentados contra la embajada israelí en Buenos Aires en 1992, que causó 29 muertes, y la sede en la capital argentina de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que costó la vida a 85 personas en 1994. La justicia argentina ordenó la captura de siete ex funcionarios iraníes y un miembro libanés de Hezbollah, que presumiblemente habría planeado la operación desde la triple frontera. El 7 de noviembre de 2007 Interpol ordenó la captura de los fugitivos iraníes, entre ellos del actual ministro de Defensa iraní, Ahmad Vahidi.

La frontera más caliente

En el libro que acaba de publicar la colombiana Corporación Nuevo Arco Iris (CNAI), La frontera caliente entre Colombia y Venezuela, su editor Ariel Ávila, sostiene que la frontera entre ambos dos países, de más de 2.000 kilómetros de largo, se ha convertido en un “hervidero” de actividades ilegales, desde el contrabando de combustibles al narcotráfico.

La tradición de clandestinidad de la zona viene de lejos. Los contactos de los narcotraficantes colombianos con las mafias de EE UU se remontan a los años sesenta. Desde tiempos mucho más lejanos, los contrabandistas de la costa caribeña colombiana traficaban con tabaco y whisky, por lo que conocían perfectamente las rutas y caletas del Caribe y las Antillas. Los montes y campos de la Sierra Nevada de Santa Marta fueron la mayor despensa de cannabis a de la región a lo largo de los siguientes 20 años, produciendo un 85% del total de la marihuana cosechada en Colombia, unas 10.000 toneladas anuales, de las cuales 8.200 se exportaban a EE UU.

Las grandes fortunas generadas por el narcotráfico, la formación de pequeños ejércitos armados y las vendettas entre las bandas exacerbaron la tradición de ilegalidad de La Guajira, cuya frontera está surcada por cientos de trochas de tierra dura y señaladas solo por las huellas de otros vehículos: las rutas secretas del narcotráfico.

Los investigadores de la CNAI aseguran haber detectado la presencia del cartel mexicano de Sinaloa y de ‘Los Zetas’en el estado venezolano de Zulia, donde tendrían la protección de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), a la que Ávila considera “otra organización criminal más”.

Pero el propio negocio del narcotráfico palidece si se lo compara con el contrabando de combustibles. Llenar el tanque de un vehículo de unos 44 litros puede costar menos de un dólar de lado venezolano y puede venderse luego del otro lado de la frontera por unos 40 dólares, una ganancia del 4.000%. A los precios actuales, ese negocio mueve unos cinco millones de dólares diarios. A camiones que normalmente almacenan 150 o 250 litros de gasolina se les añaden tanques para duplicar su capacidad. Algunos camiones cisterna –a veces camuflados con rótulos de agua potable o transportes de lácteos- pueden transportar hasta 9.000 litros por viaje.

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