América Latina ante las nuevas tendencias económicas globales

[Texto de opinião de Federico Steinberg para o InfoTalam] Los países de América Latina han demostrado su capacidad para superar sin mayores problemas la Gran Recesión de 2008-2010. Por ello, aunque la actual coyuntura económica internacional esté plagada de riesgos (crisis del euro, desaceleración en China, Fiscal Cliff en Estados Unidos o inestabilidad en Oriente Medio), es muy probable que los países de la región puedan seguir aumentando sus niveles de renta, bienestar y cohesión social en los próximos años, aunque crezcan a tasas algo menores.

Lo que no está tan claro es cómo de preparados están para desenvolverse en el nuevo entorno económico internacional que se está fraguando, que será cada vez más multipolar y menos cooperativo, y que, previsiblemente, no tendrá demasiados instrumentos de gobernanza para resolver los conflictos.

El declive económico relativo de Occidente y el auge de las potencias emergentes, está desencadenando una nueva lógica de competición y rivalidad entre estados que lentamente va sustituyendo al entorno cooperativo y basado en reglas comunes que dominó las relaciones económicas internacionales en la segunda mitad del siglo XX. Esta nueva realidad, que se parece a la de finales del siglo XIX, está caracterizada por el auge de la rivalidad geoeconómica, donde los países utilizan sus potencialidades económicas como instrumentos de poder. Esto supone que la lógica liberal cooperativa está siendo reemplazada por un renacer del mercantilismo clásico, donde los países vinculan cada vez más el poder económico al poder político y a la seguridad nacional.

El “campo de juego” de la geoeconomía es variado. Es claro en la competencia por los recursos naturales, minerales, energéticos, alimentarios o hídricos, donde los países buscan control y acceso al no confiar ya en que el mercado pueda proveerles con seguridad de estos elementos estratégicos, y están dispuestos a utilizar sus recursos diplomáticos (e incluso militares) para asegurarse los suministros. Pero en otras áreas, como el comercio o las finanzas, también se observa esta rivalidad, como demuestran las crecientes presiones proteccionistas y la imposibilidad de cerrar la Ronda de Doha de la OMC; el nuevo nacionalismo financiero asociado a los rescates bancarios; la manipulación de los tipos de cambio y los controles de capital (también llamada “guerra de divisas”) para promover el crecimiento propio a expensas del crecimiento del vecino; o la preocupación en Occidente ante el creciente papel de los fondos soberanos.

En este nuevo juego de la geoeconomía participan por igual los países emergentes y los avanzados. Si bien para países como China, que tienen un modelo de capitalismo de estado, es habitual pensar en términos geoeconómicos, países ricos como Alemania, Francia o el propio Estados Unidos también utilizan su influencia para asegurar contratos, financiarse a bajo coste o preservar su posición de privilegio en los organismos internacionales.

El paso del liberalismo cooperativo a la rivalidad geoeconómica no significa necesariamente que el conflicto bélico entre Estados sea más probable, pero sí alerta sobre la necesidad de avanzar en nuevas reglas globales para asegurar que los cambios en el equilibrio de poder mundial puedan ser gestionados de un modo relativamente ordenado para evitar situaciones de conflicto directo, que serían profundamente desestabilizadoras para el sistema internacional. Sin embargo, lo esperable es que en los próximos años nos encontremos precisamente con lo contrario, menos gobernanza y menos cooperación. Los problemas internos de la mayoría de las grandes potencias, los elevados niveles de deuda (en los países ricos), que lastrarán el crecimiento, y la sensación generalizada de que la economía no está ya al borde de un colapso sistémico como ocurrió en 2008-2009, llevarán a que se haga un menor esfuerzo por promover la coordinación de políticas nacionales y reforzar las estructuras institucionales de gestión internacional de crisis, tanto en el ámbito económico como en el político.

Y es en ese contexto donde existe el riesgo de que se produzcan “errores de cálculo” que lleven a conflictos comerciales o cambiarios que puedan derivar en problemas políticos (o incluso militares) de mayor envergadura. No se trata tanto de que los gobiernos pongan en práctica políticas que tengan como objetivo perjudicar a otros países, sino que sencillamente no presten atención suficiente a las implicaciones internacionales (lo que los economistas llaman externalidades negativas) de las políticas que ponen en marcha para conseguir objetivos internos.

Los países latinoamericanos tendrán que adaptarse a este nuevo entorno sabiendo que son potencias emergentes con crecientes recursos, pero que su influencia nunca será la misma que la de los gigantes asiáticos. Para ello cuentan con algunos activos importantes. Primero, abundantes materias primas, recursos energéticos y agua, que los convertirán en socios apetecibles para los grandes potencias consumidoras. Segundo, estabilidad macroeconómica y bajo endeudamiento, elementos que darán margen de maniobra a sus gobiernos para desarrollar políticas industriales activas, que serán cada vez más importantes en el futuro. Tercero, una clase media creciente y con cada vez más poder adquisitivo, que le permitirá defenderse de las turbulencias externas.

Aun así, en este nuevo entorno, cada país de América Latina tendrá que hacer esfuerzos para definir su propio modelo de capitalismo, trazar nuevas alianzas con los países asiáticos y asegurarse que obtienen la mayor cuota de poder posible cuando se reformen las instituciones económicas internacionales, aunque estas ya no sean tan influyentes como en el pasado.

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